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Voeckler, el ciclista del pueblo completa una gesta de los dioses

Thomas Voeckler es el ciclista más querido por los franceses porque representa todo lo que el público quiere de sus corredores: el esfuerzo visible, la entrega, la lucha, el carisma y la humanidad.
No lo ven como un personaje excepcional porque carece de las virtudes que adornan a los grandes campeones. No es un gran contrarrelojista, ni el mejor escalador, no tiene un gran palmarés de carreras ni se le rifan los grandes equipos del pelotón.
Pero este miércoles 18 de julio Voeckler completó una gesta digna de los mayores.
Se impuso en la etapa reina del Tour de Francia con grandeza, pasando por delante de cuatro colosos pirenaicos, el Aubisque, el Tourmalet, el Aspin y Peyresourde, cuatro colosos acostumbrados a distinguir a las estrellas y, con menos frecuencia, a los ciclistas del pueblo.
Voeckler sumó así su segundo triunfo en este Tour de Francia, el cuarto en su carrera, lo que lo señala como uno de los mejores corredores franceses del momento.
Pero, pese a todo, sabe que su lugar en el pelotón es el de los obreros, los que tienen que batirse para salir de la mediocridad, un papel que el ciclista asume y alimenta.
"Prefiero luchar por victorias como esta que por ser décimo quinto en la general", afirmó tras pasar la línea de meta en cabeza.
El Voeckler de este año está en su salsa. Supera dificultades, se impone a las inclemencias y acaba en comunión con el público, su mejor expresión.
El del año pasado, que vistió el maillot amarillo en diez jornadas antes de que comenzaran las verdaderas hostilidades, era un pez fuera del agua.
Cada día tenía que negar que la general fuera su objetivo y, finalmente, la carrera le dio la razón. Acabó cuarto, un puesto muy honorable, pero en ningún momento luchó por ganar el amarillo en París.
Este año ya comenzó lejos de los focos. Una lesión de rodilla le impidió preparar el Tour en las mejores condiciones y a punto estuvo de quedarse fuera del equipo Europcar.
Finalmente, por su tirón popular, se coló entre los nueve pero con la intención de trabajar para su compañero Pierre Rolland, que el año anterior había sido su mejor escudero.
Los primeros días fueron un calvario. La rodilla le atormentaba y, además, se publicó que el Europcar estaba siendo investigado por dopaje. El público belga fue duro con ellos y sin el aliento de la gente Voeckler no tiene gasolina.
El ciclista se perdió en las profundidades de la general. Aguardó agazapado a que llegara su oportunidad, que vino, como siempre en su carrera, en una larga escapada.
Voeckler fue al día siguiente de la primera jornada de descanso. Fue el más listo de la escapada y entró con los brazos en alto en Bellegarde al final de la primera jornada de alta montaña.
Era el primer triunfo francés y todo el país dio un salto de alegría por reencontrarse con su héroe.
Luego llegaron otras tres victorias galas, pero Voeckler volvió a marcar con su impronta un gran año galo en el Tour con el triunfo en Bagnères-de-Luchon, la misma ciudad donde había conseguido en 2010 su segundo triunfo.
Voeckler es un ciclista del pueblo. Como buena parte de Francia, su familia se ha lanzado a seguir el Tour de Francia en caravana. Su mujer, Julie, sigue la carrera detrás de su marido acompañada por sus dos pequeños, Mahé, de tres años, y Lila, de uno.
El esfuerzo no todos los días tiene recompensa. A veces consiguen ver a Thomas, pero otras no. Hace cuatro días su caravana se quedó atrancada en un descampado y Julie tuvo que pedir ayuda a un campesino.
La historia de los Voeckler conecta con el público porque los Voeckler se parecen a la mayoría de los franceses.
El ciclista del pueblo, el que representa mejor que nadie el éxito de quien lo tiene todo en su contra, se dio un festín de los dioses en los Pirineos. (EFE)

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